Eloy Alfaro
lunes, 6 de mayo de 2013
Muerte del General Eloy Alfaro
Desde mediados de 1911, en Quito y en todo el país, se fue
afianzando y extendiendo, un clima anti-alfarista que culminó el 11 de agosto
con un golpe de estado militar, que obligó a Eloy Alfaro a dimitir de la
presidencia, a refugiarse en la Legación de Chile y posteriormente exiliarse a
Panamá. Según estima Cristóbal Gangotena, un testigo presencial de los hechos
que dejó una crónica, la vida de Alfaro ya corrió peligro durante su
derrocamiento, siendo salvado por los cónsules de Brasil y Chile. Este último,
de apellido Eastman, fue el responsable de un acuerdo que permitió que Alfaro
salga ileso, pero comprometiéndose a salir del país por lo menos un año. Desde
entonces, el Viejo luchador, perdería todo el apoyo en el Congreso, en donde la
"mayoría constitucionalista" lanzaba furibundos ataque contra él,
llegándose a plantear incluso la colocación de una placa difamatoria contra el
Alfarismo en el Palacio de Carondelet y a pedir su extradición, para juzgarlo,
mientras los hombres del antiguo régimen eran apresados y sufrían las
consecuencias de la ira de un populacho que enfurecido linchó al Coronel
Quiroga. En este clima, Víctor Emilio Estrada, asumió el poder, pero sus
problemas del corazón lo llevaron a la tumba después de tres meses. El Congreso
en donde los placistas y conservadores dominaban, eligieron al presidente del
Congreso Carlos Freile Zaldumbide para que se encargue del Gobierno, lo que fue
rechazado por los alfarista de Esmeraldas que eligieron a Flavio Alfaro como
Jefe Supremo, a la vez que el general Pedro J. Montero, fiel seguidor de Alfaro
y Jefe Militar de Guayaquil, se proclamó por su parte, como Jefe Supremo del
Guayas. El general Leónidas Plaza Gutiérrez en nombre del Gobierno, como jefe
del Ejército, se dirigió a Guayaquil, para combatir el levantamiento de
Montero, que había recibido el apoyo de Flavio Alfaro y del propio Eloy Alfaro,
quien regresó de Panamá, ante el pedido de Montero para actuar como mediador y
pacificador. Alfaro regresó, para servir de mediador entre los suyos y el
Gobierno y evitar mayores problemas para el radicalismo y aún la mismísima
desaparición del partido.
Las fuerzas liberales fueron derrotadas en sucesivas
batallas en Huigra, Naranjito y Yaguachi, donde mueren cerca de 1.000 hombres,
en una corta guerra civil. Montero se vio obligado a llegar a un acuerdo de
capitulación en el que se pedían garantías para Alfaro y sus compañeros. Ante la
eminente derrota del liberalismo, el Viejo luchador firma la rendición, que fue
mediada por los cónsules de Estados Unidos y Gran Bretaña en Guayaquil.
Contemplaba la rendición de las fuerzas liberales, amnistía a Montero y los
partícipes del 28 de diciembre, y el exilio voluntario de don Eloy, en un vapor
asignado por el Gobierno. No habría represalias.
Pero la Capitulación no fue respetada, se argumentó que
Alfaro tampoco había respetado su compromiso anterior de 1911, y el General Leónidas
Plaza, Jefe de las fuerzas gobiernistas, ordena la detención de Eloy y Flavio
Alfaro, Pedro J. Montero y Ulpiano Páez; además, se aprehendió a personas que
nada tuvieron que ver con los hechos anteriores, sino por el simple hecho de
ser liberales, como Medardo Alfaro, el periodista Luciano Coral, director del
periódico liberal El Tiempo y Manuel Serrano Renda.
El General Montero fue juzgado por traición en Guayaquil,
bajo el pretexto de estar sujeto a la jurisdicción militar, en donde al final
de la sentencia que lo condena a 16 años de prisión, un soldado le disparó en
la frente y lo arrojó a la calle desde una ventana. Como en un anticipo macabro
de lo que vendrá, el pueblo arrastró el cadáver por las calles de Guayaquil y
lo quemó en forma bestial en una plaza.
"El cadáver,
entonces, fue abandonado en las calles, descuartizado y por fin quemado en una
plaza"3
El Presidente Freile ordena que los otros prisioneros sean
llevados a Quito. Plaza, aparece como contrario a esta disposición, pero el
historiador Roberto Andrade lo acusa de haber manipulado la decisión y planeado
el asesinato de los jefes del radicalismo, que finalmente ocurrió en la capital
el 28 de enero de 1912 en el Penal García Moreno. Como una ironía histórica, el
general Alfaro fue llevado a Quito en el mismo tren que él construyó.
Controvertida es aún hoy, la cuestión relativa a los
responsables materiales e intelectuales, del asesinato de Alfaro y varios de
sus tenientes.
La historia oficial atribuye tal vergüenza a la plebe. El
historiador Roberto Andrade, contemporáneo de Alfaro, acusa a Leónidas Plaza;
otros investigadores lo liberan. Nadie niega que fuera un crimen político y
horrendo, instigado por móviles protervo, que aún hoy llenan a la República de
estupor.
1908: En primera fila, Archer Harman y Eloy Alfaro; segunda
fila: Alfredo Monge, Crnel. Belisario Torres, Dr. César Borja Lavayen, Gral.
Francisco Hipólito Moncayo, William Fox y Amalio Puga.
"Enseguida
desembarcó Plaza con su ejército. Su primera decisión en Guayaquil, fue la
violación de las Capitulaciones. En algunos de sus telegramas manifestó
sorpresa porque los Generales no habían fugado: ésta es declaración de que él
lo hubiera hecho, porque para él nada importa un compromiso. En la mejor acción
de este hombre se deja vislumbrar la estrofa de una canalla. Mandó prender a
los generales Eloy Alfaro y Ulpiano Páez, quienes se hallaban juntos, esperando
la designación del vapor en que debían embarcarse (...) Plaza había tenido buen
cuidado de incorporar en el populacho a soldados disfrazados y escogidos, para
que mataran a los generales en la calle, cuando los conducían a prisión".
Se refiere a Plaza: "Y a su cómplice Valverde le telegrafiaba a Manabí en
las mismas horas: "El hecho de haber caído prisioneros todos los
cabecillas está revelando que una justicia superior va a destruir el mal de una
manera radical y para siempre"4
Guardaban el Penal García Moreno el Regimiento No. 4, los
batallones "Quito" y "82", y secciones de policía. Se
estimó en el año de 1919, en 600 soldados armados a la guarnición que debía
proteger la prisión y mantener el orden, pero no lo hizo.
Conducidos por el coronel Alejando Sierra y sus soldados del
batallón Marañón a pie y a caballo, los prisioneros de guerra entraron en
Quito. A pesar de que era un secreto a voces que se tramaba un linchamiento
-algunos diarios hasta lo insinuaron en sus editoriales, aunque dado el
porcentaje de analfabetismo de la época es muy poco probable que hayan
influenciado directamente a la masa- Sierra paseó al general Alfaro en un
automóvil blanco desde el sector de Chillogallo, en la entrada sur de Quito, al
Penal, tomando las calles más concurridas, donde la gente pudo verlo e
insultarlo. Según relató Cristóbal Gón, el auto iba conducido por un francés
llamado Hubert, quien fue insultado por la gente. Gangontena cree que hubo
incidentes entre la guardia y la gente, al extremo de haber un muerto y por lo
menos un herido.5 Los militares entregaron a Alfaro en la Penitenciaría, donde
fue encerrado en la Sección E, junto con sus tenientes. Pero no hubo tiempo ni
siquiera de asegurar las celdas, cuando empezó el ataque.
Era poco después del mediodía cuando una turba, estimada por
el fiscal Pío Jaramillo Alvarado en el año de 1919, en cuatro mil personas,
rodeó el Penal para asaltarlo. Los militares, según pudo establecer el fiscal,
no solo que no ofrecieron resistencia, sino que llamaron a la gente para darle
armas y elementos para el ataque. Solo la guardia interna del Penal resistió,
asegurando las puertas con lo que tenían a mano, pero estas fueron rápidamente
destruidas. Todos los tiros disparados fueron contra el Penal, sin que se
hiciera fuego desde el interior. Según pudo establecer Gangotena en una visita
a los pocos días, los asesinos forzaron a tiros una ventana y una puerta de
madera, mientras que no pudieron romper la puerta principal. La puerta de
madera había sido asegurada con unos adobes, sin éxito. Quienes entraron
abrieron luego la puerta principal y supieron rápidamente en donde estaban los
presos, pues se dirigieron a la Serie E sin demoras.
El general Alfaro, que tenía 70 años, le dijo al director
del Penal, Rubén Estrada, que se ahogaba y pidió un cajón para sentarse, pues
en la celda no había mueble alguno. El director declaró que había dispuesto que
le den una silla.
Un grupo de artesanos de Quito, armados con fusiles,
pistolas y garrotes, ingresaron con facilidad a las celdas donde se había
conducido al ex presidente y sus tenientes. Las puertas de las celdas estaban
abiertas, pues, según declararon los empleados del presidio, no tuvieron tiempo
de asegurarlas con candados, salvo en el caso de la celda de Flavio Alfaro.
Cuando el general anciano sintió un ruido, púsose en pie y
se acercó a la puerta, en ademán de imponer silencio. Un cochero llamado José
Cevallos, al parecer un sicario contratado por el ministro de Gobierno de
Freile, Octavio Díaz, entró en la celda a matarlo. Según Gangotena, el general
llevaba consigo una botella de cognac, que lanzó contra él.
El testigo del asesinato del general, Adolfo Sandoval,
declaró en el proceso:
“Penetré por medio
de aquel populacho hasta la puerta de aquel establecimiento, que ya la encontré
despedazada y que habían botado una especie de muro de adobe, que habían hecho
para resguardarle. Habiendo subido la escalera de la Serie ‘E’ encontré en una
celdilla a los Generales Eloy Alfaro y Ulpiano Páez, y me consta que el cochero
José Cevallos, dirigiéndose al General Alfaro le dijo: ‘dónde están los
millones que has robado viejo sinvergüenza’, le dio de golpes con un palo que
tenía en la mano, lo boto al suelo, y en seguida con el rifle que tenía, lo
mató, y luego hizo lo mismo con el General Páez. Cuando muerto ya el General
Páez, el carpintero Emilio Suárez, le dio un barretazo en la cara que le hizo
tortilla, sacaron sus cadáveres que los botaron de ese altillo para abajo, y
los bajaron. En seguida volvió a subir Cevallos, gritando ‘falta un bandido’, y
dirigiéndose a la celdilla en donde había estado el General Flavio E. Alfaro,
en cuyas puertas que habían estado aseguradas con candado, rompió éste a
balazos, penetró, le hizo un tiro, con el que cayó muerto, en cuyas
circunstancias entró un joven con pistola en mano, con la que también le hizo
un tiro: no conocí a ese joven, pero debe dar razón el sindicado Cevallos. Vi
también al zapatero Montenegro con cuchillo y que gritaba también, que había
que matarles a los Flavistas, y el cochero de la señora Isabel Palacios, hacía
tiros en las celdillas de los presos, en compañía de muchas personas a quienes
no pude conocer porque eran numerosas y debido también a la ofuscación que
existía; pues es inexplicable lo que acontecía, puesto que los hechos que
pasaban eran terribles”. 6
Al parecer, Cevallos tras golpear al ex presidente le
disparó dos tiros, uno en la cara y otro en el ojo, quedando en la celda un
charco de sangre y la botella rota.
Carmen Sandoval, una empleada del Penal, relató al fiscal
haber visto lo siguiente:
“Vi subir por la escalera
de ese altillo a un joven de leva y dos muchachos, armados con rifles, y
dirigiéndose a las celdillas en que estaban los Generales Eloy Alfaro y Ulpiano
Páez, los victimaron, y sacando arrastrado el cadáver del General Alfaro, lo
metieron por las barandas del pasamano de fierro de aquella Serie y lo botaron
hacia abajo al empedrado. Vi que el cadáver del General Páez, lo arrastraron y
le daban con piedras, sin haber podido conocer a ninguna persona que estos
hechos bárbaros cometían. Luego el General Flavio Alfaro, se encontraba solo en
su celdilla, era el único que no había sido muerto, cuando vi que se regresaba
el cochero Cevallos, de cerca de la puerta principal, y decía “falta un
bandido”, y subiendo la escalera, en compañía del zapatero Montenegro y N.
Vaca, cochero de la señora Isabel Palacios y unas seis mujeres del pueblo que
les seguían, fueron en busca del señor General Flavio Alfaro y dando con él,
así mismo lo victimaron. Cevallos estaba armado con un rifle, el zapatero
Montenegro con pistola y el zapatero Vaca con un cuchillo que lo tenía a la
mano, con el que le punzaba al referido General cuando lo sacaban arrastrando
de la celdilla; constándome además que el indicado General aún no moría. Todos
los cadáveres sacó la gente arrastrándolos, para la ciudad; y como repito, como
el populacho era numeroso y había una fuerte confusión, no se distinguía a las
personas. El preso criminal A. Flores, que ya cumplió su condena y salió en
libertad, me refirió que él también había visto que el cochero Cevallos, mató
al General Flavio E. Alfaro. Lo que dejo relacionado, observamos desde la
Bomba, yo, la viuda del Comandante Estrada, la señora Rosa Sierra y la señora
Dolores Jara". 7
Según relató Gangotena, Ulpiano Páez había escondido un
revólver en la bota, con el que pudo defenderse y abatir a uno de los
atacantes, antes de recibir un tiro fatal en el rostro.
Flavio Alfaro, que tenía la puerta de su celda cerrada, pudo
resistir varios minutos a los balazos que le disparaban desde el exterior, pero
finalmente fue alcanzado por tiros de rifle.
Los asesinos mataron a un preso común, al que confundieron
con uno de los políticos liberales.
En la versión de Andrade, un individuo de apellido Pesantes
llamó al pueblo y abrió las puertas, entregó los cadáveres y ordenó, que los
arrastrasen y quemasen. Según estableció el fiscal Pío Jaramillo Alvarado en
1919, un grupo de artesanos mestizos, llamados José Cevallos, José Emilio
Suárez, Alejandro Salvador Martínez, Julio Vaca Montaño, María Mónica
Constante, Emilia Laso y Silverio Segura 8 fueron los principales cabecillas
del grupo de asesinos que ingresó por la fuerza al Penal de Quito y los
organizadores del linchamiento, y posterior quema de los restos. A pesar lo
escrito por José María Vargas Vila, en su libro "La muerte del
Cóndor", no participaron en el crimen indígenas ni personas venidas de
otras ciudades, pues casi todos eran personas conocidas como artesanos y
cocheros de Quito. Sobre Cevallos, el fiscal no pudo concretar su relación con
el ministro de Gobierno, Octavio Díaz, con quien al parecer trabajaba y estuvo
pocos minutos antes de sumarse a la turba y liderar el asesinato de Alfaro.
Esto fue negado siempre por Díaz.
El espectáculo fue horrendo. Los cadáveres desnudos fueron
amarrados por la turba de pies y manos. Al cadáver del periodista liberal
Luciano Coral un abogado le cortó la lengua y la llevaba en la punta de su
bastón mostrándola a la gente.
Mujeres como María Mónica Constante, alías La Chimborazo y
Emilia Laso encabezaron la carnicería, arrastrando ellas mismas los restos de
los generales asesinados por prácticamente toda la ciudad, desde el Penal
García Moreno en el centro hacia las afueras, a un descampado en el norte de
Quito conocido como El Ejido (hoy es un parque de la ciudad) desde tiempos
coloniales.
Los cadáveres de Eloy Alfaro y Ulpiano Páez, fueron
arrastrados por las calles Rocafuerte, Venezuela y Guayaquil, pasando por las
plazas de Santo Domingo y La Independencia, para luego converger hacia el
Ejido. Una vez ahí, se encendieron por lo menos cinco hogueras para quemar los
restos, ya muy deteriorados por el arrastre a lo largo de muchas cuadras sobre
calles pavimentadas de piedra.
Fue desde el tejado de una casa en la Plaza de Santo
Domingo, que Gangotena pudo ver lo siguiente:
“Me fui hasta la
esquina a tiempo para alcanzar a ver pasar el cuerpo desnudo de don Eloy
Alfaro, que fue el que primero bajaron. Iba el cadáver desnudo de cintura
arriba, en las piernas conservaba un calzón azul de paño; al lado de la boca,
en el lado izquierdo, tenía una herida, que no pude saber si era de balazo o de
arma blanca. La cabeza parecía tener triturados todos los huesos del cráneo, de
tal manera que temblaba como una bolsa de gelatina: mil años viviré que no
olvidaré nunca lo que he visto. En la caja del cuerpo, que iba descubierta, yo
no pude ver herida alguna, aunque decían que tenía una en la tetilla izquierda.
Vi, sí, manchas de sangre en el pecho, pero no me parecieron sino provenientes
de la herida de la cara. Al ver pasar esa masa horripilante, no pude contener
un gesto de horror, me llevé constantemente las manos a la cara y se me escapó
un grito "qué horror". Pero entonces un muchacho me increpó,
"canalla ajo" me gritó, apuntándome con un revólver (...) El
populacho llevó los cadáveres por toda la carrera Guayaquil, hasta la Plaza de
La Alameda, en donde se dice que mutilaron el cuerpo de don Eloy Alfaro,
cortándole el miembro viril."9
Gangotena relata a continuación, que los asesinados armados
le obligaron a aplaudir el espectáculo horrendo que presenciaba a punta de
pistola.
Aunque la turba gritaba "viva el pueblo católico",
la Iglesia Católica no participó en la masacre. El arzobispo de Quito, Federico
Gonzáles Suárez, relató luego de los hechos:
"En los
momentos en que los cadáveres de los Generales Eloy Alfaro y Ulpiano Páez, eran
arrastrados por la Plaza de la Independencia, un grupo del pueblo penetró al
Palacio Arzobispal y se dirigió decididamente a los departamentos ocupados por
el I. y Rvmo. Señor Arzobispo. Al oír el ruido, salió de su cuarto Monseñor
González Suárez y adelantándose a los del grupo, les preguntó qué querían. A lo
que le contestaron: Denos su Señoría Ilustrísima el permiso para repicar las
campanas de la Catedral, porque el señor Sacristán Mayor (entonces el
Presbítero señor José Miguel Meneses) no quiere permitirnos. Y ¿por qué quieren
ustedes repicar las campanas de la Catedral?, replicó el I. señor Arzobispo.
Porque, contestaron, debemos alegrarnos de que hayan desaparecido los que tanto
perseguían a la Iglesia. La Iglesia no puede aplaudir esta conducta, y así
ustedes deben retirarse de aquí y les prevengo que no han de poner un dedo en
las campanas de ninguna iglesia, concluyó el Prelado. No hubo, pues, repiques
de campana en las iglesias católicas, como pretendieron algunos exaltados” 10
Ni el Ejército ni la Policía presentes intervinieron, hasta
cuando los asesinos dejaron la hoguera que el escritor Alfredo Pareja Diez
Canseco llamó "la Hoguera Bárbara". Se supo que el Gobierno dio la
orden de no reprimir ni intervenir, tanto a los mandos militares, cuanto al
intendente de Policía de Quito. El intendente declaró en el proceso que fue el
propio Freile quien le dio la orden de no impedir los desmanes, por lo que
renunció inmediatamente.
Gangotena relata que la turba arrastró los cuerpos por toda
la Plaza de la Independencia y luego bajó hacia San Agustín, en donde vivía
Freile Zaldumbide, en cuya casa intentaron penetrar para dejarle los muertos,
cosa que impidió la guardia presente. Freile declaró que estaba enfermo y en
cama, por lo que se excusó de salir a ver el espectáculo.
Gangotena describe que fue a ver la escena en el parque
capitalino, cerca de las 16:30. Nos precisa que no uno hubo una sola hoguera,
sino por lo menos cinco, alineadas de este a oeste en el descampado y que solo
la que contenía los despojos de Eloy Alfaro y Luciano Coral, había destruido
mayormente los restos. Mezquina hasta con el combustible, la chusma dejó a
medio quemar y reconocibles los restos del general Ulpiano Páez, así como los
de Medardo y Flavio Alfaro, en cuyos cadáveres mutilados era posible todavía
ver las vísceras. Se podían ver también, precisa el testigo, los restos de las
cuerdas que los asesinos amarraron en los tobillos de las víctimas. Algunos
niños jugaban con los muertos, picándolos con palos.
Sobre los restos de Eloy Alfaro, precisa:
"Había ahí, a
las 4 y media que llegué, cuatro (luego destaca que son cinco) piras ardiendo.
En el número 1 estaban Eloy Alfaro y Luciano Coral. En el 2 el general Manuel
Serrano, en el 3 el general Ulpiano Páez, en el 4, Flavio y Medardo Alfaro, en
el 5 había sido puesto Medardo, pero como se apagara, habían traslado el
cadáver a la hoguera en la que estaba Flavio. A la hora en que yo vi este
terrible espectáculo, el fuego estaba ya casi apagado. No había llamas, sino
apenas brazas de candela, los cuerpos medio carbonizados con la propia grasa
entretenían al fuego expirante, lo que producía mucho humo, de un olor
nauseabundo(...) en la primera el que estaba más consumido por el fuego era don
Eloy Alfaro, Coral también estaba irreconocible, los dos tenían carbonizadas
las cabezas y el flanco del cuerpo y los muslos, don Eloy tenía una canilla
enteramente carbonizada, los pies y las manos de los dos, contraídas
horriblemente, estaban casi intactas. Esta hoguera parece ser la que más
combustible tuvo, y por ende, la que más destruyó los cadáveres." 11
Empero, como si nada hubiera ocurrido, una banda de música
ofreció una retreta frente a la casa de gobierno, el Palacio de Carondelet. Los
diarios de la época apenas reportaron el hecho con pequeñas notas. Al término
de su relato, Gangotena precisa que el sentir de la opinión pública fue de
condena hacia las atrocidades cometidas, pero se justificaban los asesinatos.
También anota que solo a balazos podría el Gobierno haber recuperado los
cuerpos e impedido la barbarie, pero estima que es poco probable que el
Ejército hubiera cumplido la orden de disparar a la turba. Reprocha también al
coronel Sierra su absoluta inacción frente a lo que ocurría y el accionar de la
prensa con diarios políticos, que representaban a Leónidas Plaza y Julio
Andrade.12
El fiscal Jaramillo cuestionó duramente la acción del
Ejército, que al parecer facilitó el asalto al penal y dio armas a los asesinos
como Cevallos y otros. El Ejército había derrocado al presidente Alfaro pocos
meses antes y no quería su regreso.
Ayala Mora, quien ha escrito una moderna historia del
Ecuador, señala según su opinión: "No hay elementos suficientes para
acusar a Plaza, pero es en cambio incuestionable que fueron los placistas junto
con los conservadores y clérigos los que azuzaron a la multitud
enloquecida".
Vargas Vila atribuyó el crimen tanto a los conservadores,
como Carlos Tobar, quien había declarado años antes de la tragedia, que a
Alfaro había que quemarlo como a un hereje, cuanto a Plaza, por su afán de
quedarse con el poder.
Junto a Eloy Alfaro, murieron (aunque no todos en el mismo
día ni en el mismo lugar) Manuel Serrano, Flavio Alfaro, Ulpiano Páez, Luciano
Coral, Pedro Montero, Medardo Alfaro, Belisario Torres, Luis Quiroga.
A partir de ese día, se inició en el país la persecución de
los alfarista, y hasta 1916 en que ya gobernaba Leónidas Plaza Gutiérrez, se
registraron alrededor de 8.000 muertos, debido a una guerra civil que se desató
en Esmeraldas.
Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Eloy_Alfaro#Derrota_y_asesinato:_La_Hoguera_B.C3.A1rbara
El laicismo
Uno de los principales aportes de Eloy Alfaro fue la
creación de colegios públicos laicos, quitándole a la Iglesia Católica el
monopolio de la educación. Estas medidas fueron inspiradas por librepensadores
como Juan Montalvo y José Peralta, quienes impulsaron la secularización de la
sociedad ecuatoriana. La creación de colegios públicos y de colegios privados
para la formación de profesores laicos, fue una de las principales tareas de
Eloy Alfaro. Una de las medidas de la Revolución liberal que se mantuvo durante
décadas fue la obligación de los estudiantes de los colegios católicos de
rendir sus exámenes y validar sus conocimientos ante los maestros laicos del
Estado. El primer colegio laico del país, fundado en 1896 por Eloy Alfaro fue
el colegio Bolívar de Tulcán, siguiéndole colegios como el Mejía y Manuela
Cañizares de Quito. El general fue miembro de las logias masónicas, al igual
que los próceres de la Independencia, y sus esfuerzos para separar la Iglesia
del Estado fueron consagrados en aspectos como la creación del Registro Civil.
Esta medida permitió que las personas tuvieran derecho a la identidad sin
necesidad de ser católicos. Alfaro promovió la libertad de cultos, permitiendo
el ingreso al país de misiones protestantes, en especial, de Estados Unidos. De
esta forma, Alfaro puso las bases de la secularización de la sociedad y su
apertura al mundo, que se desarrollaría ampliamente a lo largo del siglo XX.
fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Eloy_Alfaro#Derrota_y_asesinato:_La_Hoguera_B.C3.A1rbara
ELOY ALFARO
Durante
el primer período de la administración de Alfaro se firmó el "Contrato
Harman", en virtud del cual quedaba asegurada la continuación rápida de
los trabajos del ferrocarril Guayaquil a Quito, llegando hasta Colta, en este
Período.
En el segundo periodo de administración:
En esta administración del General Alfaro, se realizaron las siguientes obras: en 1908 se inauguró el ferrocarril del Sur, se dio 1’700.000 sucres para el Agua Potable de Quito, dotó a Guayaquil de canalización, se inauguró en la Recoleta el local que hoy ocupa el Ministerio de Defensa, proveyó al Ecuador de un armamento. Hizo levantar planos de nuestra frontera y proporcionó adecuados edificios a diversas instituciones militares.
En el segundo periodo de administración:
En esta administración del General Alfaro, se realizaron las siguientes obras: en 1908 se inauguró el ferrocarril del Sur, se dio 1’700.000 sucres para el Agua Potable de Quito, dotó a Guayaquil de canalización, se inauguró en la Recoleta el local que hoy ocupa el Ministerio de Defensa, proveyó al Ecuador de un armamento. Hizo levantar planos de nuestra frontera y proporcionó adecuados edificios a diversas instituciones militares.
EDUCACION.- 10 de Octubre de 1896, inauguración del Colegio
Bolívar de Tulcán; 11 de junio de 1897, fundación del Colegio Mejía de Quito; 5
de junio de 1898, inauguración de la Casa de Artes y Oficios de Portoviejo; 31
de diciembre de 1898, inauguración del edificio de la Universidad de Guayaquil.
En 1898, fundación de la escuela de niñas en Esmeraldas.
En 1898, terminación de la Escuela de Vinces.- Construcción de los locales escolares de Cuicocha, Arenal, Imantag, San Gabriel, Mulalillo, Guambaló.- En 1898, se fundó la Escuela Comercial en Quito; local escolar de Alausí y del Colegio de Cayambe.
En 1899, se crea el Colegio Militar de Música en Quito y se inaugura el Colegio "Eloy Alfaro" de Babahoyo.
En 1901, se establece locales para el funcionamiento de los Colegios Normales Montalvo y Manuela Cañizares, El edificio del Colegio Vicente Rocafuerte de Guayaquil.
En 1906, se inauguran los Talleres de la Escuela de Artes y Oficios de Latacunga, el Instituto Vicente Piedrahita de Daule, el Liceo Juan Montalvo en Chone. En Montecristi se funda el Colegio Eloy Alfaro y en Ibarra el Instituto Normal de Varones.
En 1907, se adquiere el edificio para el Normal de Señoritas en Riobamba; en 1908, se inaugura la Escuela de Telégrafos en Quito.- En 1911 se inaugura el local del Colegio Militar de Quito. Se construye los locales escolares en Columbe, Gonzol, Huigra, El Ángel y Huaca.
Colegio Bolívar de Tulcán:
En 1898, fundación de la escuela de niñas en Esmeraldas.
En 1898, terminación de la Escuela de Vinces.- Construcción de los locales escolares de Cuicocha, Arenal, Imantag, San Gabriel, Mulalillo, Guambaló.- En 1898, se fundó la Escuela Comercial en Quito; local escolar de Alausí y del Colegio de Cayambe.
En 1899, se crea el Colegio Militar de Música en Quito y se inaugura el Colegio "Eloy Alfaro" de Babahoyo.
En 1901, se establece locales para el funcionamiento de los Colegios Normales Montalvo y Manuela Cañizares, El edificio del Colegio Vicente Rocafuerte de Guayaquil.
En 1906, se inauguran los Talleres de la Escuela de Artes y Oficios de Latacunga, el Instituto Vicente Piedrahita de Daule, el Liceo Juan Montalvo en Chone. En Montecristi se funda el Colegio Eloy Alfaro y en Ibarra el Instituto Normal de Varones.
En 1907, se adquiere el edificio para el Normal de Señoritas en Riobamba; en 1908, se inaugura la Escuela de Telégrafos en Quito.- En 1911 se inaugura el local del Colegio Militar de Quito. Se construye los locales escolares en Columbe, Gonzol, Huigra, El Ángel y Huaca.
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